Fuente: Con Tinta NegraSantiago también ostenta su cuota de sufrimiento tras el terremoto que arrasó las regiones del sur de Chile. En estos barrios de Nuñoa, los vecinos duermen hace dos meses en pabellones al lado de sus departamentos, sin poder entrar a ellos. Mientras unos filman su situación y se organizan en asambleas, otros esperan la llegada lejana del alcalde que moteja de “rojos” a los grupos en su boletín municipal. Mientras tanto, se anuncian las primeras lluvias y el campamento se mantiene.por Pía Vargas Moreira
Vecinos acampan afuera de sus casas. Fotografía de Agencia de noticias Medio a MedioNo es primera vez que la Villa Olímpica de Santiago es sacudida por un sismo de considerables proporciones. La construyeron en el ’62, con motivo del Mundial de Fútbol que hincha tantos pechos de insólito orgullo nacionalista por un tercer puesto. Durante su medio siglo de vida le ha tocado vivir los remezones que cada cierto tiempo estremecen a la copia feliz del Edén igual en cualquier otro lugar del país, pero siempre aguantando y manteniéndose en pie. La Villa Olímpica nació para hermosear los terrenos cercanos al Estadio Nacional, que hasta entonces eran sitios eriazos y su fundación forma parte importante de la historia de la configuración de lo que hoy conocemos como Santiago.
El terremoto de 1985 fue el primer gran embate para la Villa. El movimiento obligó a instalar marcos de acero que evitaran un eventual colapso. Sin embargo, el 27 de febrero lo cambió todo, y las estructuras que durante décadas aguantaron el devenir de miles de habitantes dijeron basta. El desgaste natural y la crueldad de las placas dieron por terminada la vida útil de pasarelas y muros, incluso de blocks completos. La destrucción es tal que se estima que el 20% de los más de 2700 departamentos tendrá que ser reparado. Otros tantos no pueden volver a usarse.
Las familias más afectadas se vieron en la obligación de abandonar sus casas. Sacaron lo que pudieron y se instalaron en la entrada de los blocks para cuidar lo que dejaron adentro de sus destruidos departamentos. Hasta el día de hoy siguen durmiendo en carpas y usando baños químicos. Están aburridos y cansados de esperar una ayuda que no llega. La mayoría de los vecinos están jubilados o cesantes, y entre salir a buscar un trabajo y resguardar lo poco que la tierra no estropeó, la propiedad privada es prioridad.
El otoño ya es un hecho y la lluvia no tardará en dejarse caer. Los vecinos lo saben perfectamente, y por lo mismo se han congregado en una Asamblea que ha potenciado la convivencia, la organización de bases y la superación conjunta del trauma común. Es en la Asamblea donde las familias hacen acopio de sus esfuerzos y organizan la resistencia, que ha incluido apariciones en la prensa, interpelaciones al alcalde Pedro Sabat y manifestaciones que le recuerdan al Municipio que Villa Olímpica sigue clamando por la atención que necesitan urgentemente. Es así como la Asamblea decidió radicalizar la ofensiva y echar mano a una de sus mayores cartitas bajo la manga: las comunicaciones.
NO NOS VAMOS A CALLARJaime Díaz, documentalista y director de La Revolución de los Pingüinos, es vocero de la Asamblea de Vecinos y Vecinas para la Reconstrucción de Villa Olímpica. Junto a Francisca, su compañera, están trabajando en un boletín que se llamará La Reconstrucción de Villa Olímpica, para el que han fotografiado y entrevistado a sus propios vecinos damnificados.
Los obstáculos no se hacen esperar. El Ñuñoíno, medio oficial del sabatismo, calificó de “ilegal” a la Asamblea y de “rojos” a sus dirigentes. El apelativo no ofende, pero disgrega, porque no faltan los cándidos que aceptan todo lo que dice la revista municipal y se rehúsan a participar del único espacio de reunión que funciona más que cualquier Junta de Vecinos de la Villa. Don Gonzalo es uno de ellos; se ha negado a participar en las actividades de la Asamblea y la rechaza porque la considera un ente divisor, cuando para él lo más importante es que toda la comunidad trabaje unida. “Todos los que estén involucrados en divisiones los van a dejar al último en las reparaciones”, dice don Gonzalo, para luego reiterar lo importante que es unirse y quererse todos por igual. Ya es un hombre mayor, quizás demasiado para acampar. Es padre de seis hijos y es difícil no creerle cuando asegura que su mayor interés es pelear por los suyos. No quiere meterse en problemas; no se le puede culpar.
Don Gonzalo y su familia ven Cartoon Network en la “carpa-cocina” que improvisaron al lado de unos juegos infantiles. Su asentamiento se ubica en una plaza interior que a su vez está rodeada por los departamentos de los blocks 70, 71 y 72. Ese ha de ser el punto de encuentro con Jaime, quien aprovechó la soleada tarde dominical para retratar grietas y personas, esos que aparecerán en el primer número de La Reconstrucción dando sus nombres y domicilios probablemente sin pensar ni preocuparse por eventuales represalias.
Un perro mordisquea una botella. La gente se entretiene con la televisión. Y en un rincón está Miguel Ángel, que inmediatamente después de presentarse llama por celular a Jaime, que hace rato había seguido avanzando en su periplo fotográfico. Miguel Ángel es un tipo joven. Cuenta que tiene una hija de 7 años y que después del terremoto sus padres, que ya son viejitos, estuvieron viviendo donde unos familiares de San Bernardo. Los papás de Miguel Ángel son vecinos fundadores de Villa Olímpica y han pasado la mitad de sus vidas en el block que el sismo dejó prácticamente colgando de un hilo; por eso les costó dejar el hogar tan de buenas a primeras. Pero no había mucho que hacer: el departamento del cuarto piso no era un lugar seguro, y con una niña tan pequeña y un esposo con alzhéimer, la madre de Miguel Ángel tuvo escasas opciones para reclamar.
Él se quedó solo. Mientras sus padres y su hija estaban en San Bernardo, Miguel Ángel se encargó de cuidar las pertenencias de la familia, pero durmiendo en la plaza, en una carpa que le prestó Jaime, el vocero. “De repente me daba cuenta de que estaba transpirando y subía a ducharme, me duchaba bien rápido y bajaba corriendo del puro miedo”. Aquella noche, Miguel sintió que ese era el fin de su vida. Teme por su papá enfermo, inventa juegos y explicaciones simpáticas para distraer a su hija y sabe lo mucho que su madre debe hacer para cuidar al marido y a la nieta. “Es como cuidar a dos guaguas”, sentencia, al tiempo que vuelve al tema de la carpa: dice que la va a limpiar y la va a devolver. Para qué mantenerla armada, si ya volvió al cuarto piso.
Cámara en mano, aparece Jaime y Miguel Ángel se despide. Volveremos a vernos. La plaza está silenciosa y el sol hace transpirar. La caminata por las calles de la Villa es lo suficientemente lenta como para poder observar cada grieta, cada edificio envuelto en huinchas que dicen PELIGRO.
Según cuenta Jaime, la municipalidad ha gastado mil 200 millones de pesos en remoción de escombros y reparaciones menores, como los parches de estuco a balcones de edificios que están inquietantemente inclinados. “Yo he hecho cálculos, y con 40 millones podrían solucionarle el problema a toda la gente”, y agrega: “Pero Sabat prefiere pagar los fletes quienes quieran irse, aunque no haya arriendo en ninguna parte y la gente se tenga que devolver”.
SILVIA Y JUAN
El alcalde de Ñuñoa, Pedro Sabat, y su hija, la diputada Marcela Sabat. Imagen: Blog Reconstruyendo Villa OlímpicaDurante el trayecto a través de la villa, Jaime saluda a muchas personas y les pregunta cómo están, les cuenta del avance de La Reconstrucción y aprovecha de pedirles entrevistas. Una de las vecinas que accede se llama Silvia y vive en el block 72 junto a su compañero Juan, su hermana Nélida y sus dos hijos. Los niños tienen seis y cuatro años.
La familia de Silvia es vecina de don Gonzalo. Ellos también ven Cartoon Network y caminan esquivando los alargadores que los ayudan a hacer de la vida a la intemperie algo parecido a una casa, mientras les sale algo nuevo. Silvia relata su historia con voz suave, pero con entereza. Es categórica cuando dice “yo no le veo ninguna solución”; cuenta que no puede salir a buscar trabajo porque el jardín infantil de sus hijos está cerrado, que necesita arriendo pero que le piden demasiados papeles: de antecedentes, de DICOM, liquidaciones de sueldo e incluso tres meses de garantía, todo esto sin contar el siempre requerido aval, que para concretar el arriendo tendría que firmar un pagaré de dos millones de pesos. Silvia sabe que en su situación, nadie querrá avalarla. Para peor -era que no-, los departamentos están más caros.
La relación con la municipalidad es cuento aparte. Sólo se han limitado a decirles que busquen arriendo y a ofrecerles pagar el primer mes de garantía. A esto se suma que un día cualquiera, funcionarios del sabatismo aparecieron por el block 72 para llevarse las duchas que habían instalado. “Alguien por ahí dijo que las duchas no eran tan relevantes, que no era tan importante bañarse después de un terremoto. O sea, según ellos nosotros podemos estar dos meses sin bañarnos. A ellos no les importa, pero a nosotros sí, y mucho, sobre todo por los niños que andan jugando aquí en la tierra y se ensucian más”, dice Silvia. Para colmo, la vida útil de los baños químicos se acerca a su fin sin que nadie haga nada. Ella ya no lo ocupa, sus hijos menos.
Lo que más les molesta es la indiferencia. En palabras de Juan, la Municipalidad se ha preocupado de quitar los escombros de los sectores más visibles de la comuna, pero poco les importa lo que pase al interior de villas como la Villa Olímpica. “En una inspección, al alcalde tuvieron que meterlo a empujones a un departamento, porque no quería entrar”, dice Juan. “Pero claro: para las elecciones sí pudo venir a tomar once con la gente”.
Silvia y Juan coinciden en que están abandonados y que nada cambiará la indolencia municipal. “Todo se me complica y eso me da rabia, me da pena e impotencia”, confiesa Silvia antes de agregar: “una de las cosas que más me da pena es que yo le di mi voto”.
BLOCK 71
Imagen: Pía VargasEl último edificio está en condiciones francamente deplorables. En las paredes, adhesivos que dicen “INHABITABLE” reciben a quien ose acercarse como advirtiéndole que lo piense, que aún está a tiempo de dar media vuelta.
Entrar intimida, subir la escalera acelera el pulso. Llegar al tercer piso es para pensar que tal vez existen dioses. La familia de Miguel Ángel vive un piso más arriba, en el departamento 41. El perro que mordía la botella custodia la puerta que sólo al enésimo llamado abren.
Quien atiende es doña Adriana, de 65 años. La madre de Miguel Ángel aclara que sólo duraron un par de semanas viviendo en San Bernardo, que no aguantaron estar lejos del hogar y que no quieren irse porque no, y punto. Es cierto que no hay arriendos (“llegué hasta Buin buscando y no pillé nada”), pero ni aunque encontraran uno, difícilmente lo contratarían. Son propietarios y los gastos comunes se pagan igual, hay departamentos demasiado estrechos para el gigantesco comedor de 54 años que, de bien hecho y bien cuidado, luce como si no tuviera más de diez.
Doña Adriana no quiere dejar sus cosas, pero es consciente del peligro de vivir en el dichoso cuarto piso con una nieta de 7 años y un marido de 85 años que se mueve con no pocas dificultades. Cuando no está trabajando, Miguel Ángel es su único apoyo. Ella reconoce que de haber otro terremoto, los más jóvenes pueden salir corriendo. El esposo postrado, no.
Su caso es uno entre cientos de familias forzosamente enfrentadas a la disyuntiva del “debo ir o quedarme”. Pero esta vez no son los Clash; es la renuncia a toda una vida. Partir significa abandonar lo que se ha adquirido durante años, pero quedarse es condenarse a seguir esperando.
Los vecinos están amarrados a sus pertenencias, que es lo único que les queda, prisioneros de sus casas destruidas. Impedidos de emigrar donde algún familiar caritativo, pero negándose a despedirse de sus casas viejas, pero con historia. Probablemente por eso permanezcan firmes en exigir soluciones, sin resignarse a ser olvidados por el señor alcalde. Por eso el nacimiento de La Reconstrucción, donde Jaime, Francisca y quienes colaboran luchan por hacerle frente a los impíos y al sabatismo, instalando una tribuna desde donde puedan gritar que siguen existiendo.
La conversación con doña Adriana termina con agradecimientos mutuos. La señora muestra su departamento, las grietas de la cocina, las paredes descascaradas, lo que queda de un muro interior que se les cayó. Presenta a su esposo, que está en cama leyendo el diario. En otra pieza, Miguel Ángel habla por teléfono.
Después de que nos despedimos en forma definitiva, la señora Adriana se queda en el umbral de la puerta del departamento 41 diciendo adiós con la mano. A su lado, la pared que luce el adhesivo municipal que dice “INHABITABLE” da a su imagen una mezcla de drama, de resignación y de obstinación, pero también de esperanza. Doña Adriana y su familia son de la Villa Olímpica, prácticamente la vieron nacer y han visto pasar la vida entera entre sus bloques de colores. Ellos, como tantos otros, no van a abandonar así no más.
Actualización (6 de mayo del 2010):
El documentalista Jaime Díaz Lavanchy ha publicado un video donde es agredido verbalmente por el alcalde Pedro Sabat, y luego físicamente por los guardias municipales:
Click aquí para ver el video